viernes, 19 de diciembre de 2008

Amnesia

Sueño de un seductor

AmnesiaAquella tarde, pensó, se la iba a dedicar a él, se lo tenía merecido. Llevaba demasiado tiempo fuera de la circulación, enfrascado como estaba en resolver las dudas de los demás.

Su trabajo lo había absorbido de tal manera que, ya no recordaba cuando fue la última vez que se tomaba una tarde libre. Se dijo que así no podía seguir, era necesario planificarse mejor y reservar una tarde a la semana para el relax.

Esto mismo, se lo venía diciendo desde hacia años, desde que lo contrataron en la clínica psiquiátrica al acabar la especialidad. Un nuevo hospital al que un buen amigo de su padre lo recomendó. De eso, ni recordaba la fecha. Ahora, le parecía que había pasado su vida entre enfermos mentales, tal era su compromiso y dedicación a un trabajo apasionante, pero ese día necesitaba desenganchar y olvidarse por un momento de la angustia y sufrimiento de los pacientes.

Se dio una buena ducha, se afeitó y se vistió sus mejores galas, en plan sport, unos pantalones de loneta azul marino, una chaqueta de lino beige, una camisa verde botella y unos mocasines de cuero marrón. Se gustó al mirarse al espejo y con un guiño a su doble reflejado, salió de casa.

Como era jueves se decidió por acudir al mesón “O’Taburete”, sabía que iba a tener una noche movida y había que llenar el hueco con las buenas tapas que allí daban y de paso, a lo mejor, encontraba a algún conocido con el que empezar la noche.

Nada más entrar, Manolo se acercó: ¡Pero chaval, cuanto tiempo!, si creíamos que te habías casado, bromeo, es que no se te ve el pelo. ¿Qué es de tu vida?

Chico, ya sabes, el hospital que me tiene atado, contestó.

Ven que te voy a presentar. Eduardo, es psiquiatra en el Hospital del Carmen, les dijo a dos chicas que con él estaban. Ellas son, Paula y Margot.

Hola, dijeron casi al unísono las dos jóvenes, acompañando el saludo con una sonrisa de afecto, o eso le pareció a Eduardo.

Se sentó con ellos en la mesa en la que estaban dando cuenta de un buen plato de jamón y una tabla de quesos, regado con un rioja tinto de marca reconocida.

Manolo, lo interrogó a fondo, mientras trasegaban una, dos y tres botellas de aquel “vinazo”, las chicas parecían aburrirse por no poder meter baza en aquella conversación de andanzas pasadas.

Cuando una de ellas se levantó y se despidió, Eduardo cayó en la cuenta que la otra debía ser la moza de Manolo y era conveniente dejarlos solos. Aprovechó la salida de Paula, para a su vez también irse, a pesar de los ruegos de Manolo, sabía que era mejor marcharse. Así lo hizo.

Una vez en la calle, era noche cerrada, miró el reloj, las nueve y media, y no lo dudó, encaminó sus pasos a la “Pita Dourada”, un pub, en él que esperaba encontrar a una persona.

Ricardo, el dueño, lo saludó con una sonrisa, era un viejo parroquiano. Dio cinco pasos, miró a una mesa y allí estaba ella, con dos amigas. ¡El corazón le dio un vuelco!

Le pidió un whisky a Ricardo, de ese que tienes para los amigos, y con la copa en la mano se acercó. Ella estaba de espaldas, pero cuando se puso delante, una sonrisa le ilumino el rostro: ¡Eduardo! dijo, levantándose y dejando en sus dos mejillas dos hermosos besos.

Sin que nadie lo invitase, no hacía falta, él se sentó con ellas y gracias a las tres botellas que habían caído en O’Taburete, tenía la lengua suelta y el ánimo eufórico, sobre todo después de tan agradable acogida.

Hablaba por los codos, ellas se reían, le preguntaban por su vida y cualquier cosa que les contase era recibido con buen humor e interés, le preguntaban por su trabajo, ella parecía querer saber más y no paraba de interrogarlo y Eduardo la satisfacía con todo lujo de detalles.

Percibió, que el vínculo con ella, y que hasta ese momento no había pasado de una amistad cordial, pero distante, se estaba introduciendo en otro nivel.

Cuando se les acabaron las copas, él se levanto y Ricardo las volvió a llenar. Ellas bebían con moderación, pero Eduardo, en el estado eufórico en el que se encontraba, no tenía mesura.

Lo invitaron a pasar el domingo en una finca que, ella, tenía en la costa y él acepto encantado.

Cuando a las doce, dijeron que tenían que irse, él las acompañó y charlando se fueron calle abajo.

Hoy, viernes, Eduardo que se acaba de despertar, está intentando acordarse que fue lo que le pasó el día anterior, ya que está totalmente vestido encima de su cama.

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