sábado, 4 de agosto de 2007

Anguilas

En empanada, por supuesto

Laguna de ValdoviñoEra yo un chaval, de unos siete u ocho años, cuando asistí a una jornada de caza-pesca que, me dejó un recuerdo imborrable:

Mi padre, con D. Emilio Cayón, Pepe Casas, El Gitano y demás gente conocedora de este asunto (la caza-pesca de la anguila), y este impúber narrador, se adentraron en la Laguna de Valdoviño (a unos diez y siete kilómetros al Norte de Ferrol), para apostados en sus cañaverales y armados de sendas fisgas (una especie de palo largo con un tridente de hierro en uno de sus extremos), asaetear a las escurridizas anguilas que en gran número criaban en este lugar allá por la mitad del pasado siglo XX.

Esta laguna tiene una característica curiosa, una serie de regatos la alimentan de agua dulce por su extremo Sur y una barra de arena (la playa Frouxeira de Valdoviño) la cierra por su parte Norte, pero claro, de tanta agua dulce que fluye el nivel sube, y sube, hasta que la tensión acumulada sobre la arena de la parte Norte, rompe el dique natural para buscar la salida al mar (mejor dicho, al Océano Atlántico), creando un canal de salida de agua dulce y al mismo tiempo, según las mareas, de entrada de salada y nuevos nutrientes, hasta que una fuerte marejada vuelve a poner la barra de arena en su sitio para que la Naturaleza inicie, de nuevo, el ciclo, y así hasta el infinito (que según las Matemáticas, es en donde se unen la líneas paralelas y para los creyentes, supongo yo, debe vivir Dios).

¡Todo un ecosistema!, que se diría ahora. De aquella se veía como la cosa más normal del mundo. Cuando el hombre estaba, todavía (ainda), en comunión con la Naturaleza.

Pues, si señor o señora,  ya sé que era un pequeño salvaje, pero eso de procurarte la comida con tus propias manos, es, la mejor sensación que conozco (a nivel alimenticio, claro).

En fin, para no perder el hilo, sigo contando: En la zona de los cañaverales, existían (y existen, a pesar de los pesares) unas isletas de unos dos por dos metros, en las que nos situamos armados con aquellas armas de destrucción masiva (para las anguilas), y a ojo de buen cubero (toda vez que la visibilidad era escasa, debido a la turbiedad de las aquellas aguas), lanzábamos nuestras fisgas al fondo de los canales que entre las isletas discurrían con un doble objetivo, uno, que la fisga impactara en una anguila y, dos, que la fuerza del impulso fuera suficiente para que el compañero recogiera a la posible presa en la isleta de enfrente, paralela a la nuestra, para a continuación repetir la operación en sentido inverso.

Fue un domingo (aquella mañana), que no volví a repetir. Pero eso sí, les diré que aquel mediodía comí en casa de Pepe Casas, que hizo de anfitrión, y para mi desgracia, no volví a probar una empanada de anguilas como la de aquel día.

1 comentario:

  1. Comer lo que tú mismo cazas o pescas debe ser una de las experiencias más hermosas del mundo. Afortunado de ti.

    Un saludote.

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