martes, 17 de agosto de 2004

La camisa del hombre feliz

Un cuento

Camisa felizMi afición a la lectura se la tengo que agradecer a mis padres, que siempre pusieron a disposición de sus hijos la buena biblioteca que en casa se iba construyendo día a día. Papá traía todos los meses un libro de una colección de Aguilar, de lomos rojo, verde y otros colores, que todos esperábamos con ansia devoradora. Ahí conocí a Homero, Lope, Calderón, Dostoievski, Rubén Darío y tantos otros.

Recuerdo, hasta donde la memoria alcanza, “El Tesoro de la Juventud”, colección de diez y siete volúmenes con los más variados temas y relatos, una parte importante, para mi, era “El libro de los por qué”.

Los regalos de Reyes, Santos y Cumpleaños, casi siempre incluían un libro.

¡Como disfrute con las aventuras de los Proscritos, Guillermo Braun, Douglas, Enrique y Pelirrojo!.

Los chistes, Capitán Trueno, Jabato, TBO y otros, los leía en casa de mi primo Joaquín.

Mi hermano Eduardo tenía la colección completa de libros de la serie de Tarzán, que me llevó en volandas a vivir con los gorilas y pelear con toda clase de tribus africanas.

El descubrimiento de Alaska y la conquista del Oeste americano, la hice de la mano de Jack London y Salgari.

La visión premonitoria de Julio Verne, me abrió el mundo de la tecnología y sus cachivaches. ¡Nunca se lo agradeceré bastante!.

En casa muchas discusiones semánticas se resolvían con una rápida consulta al Espasa de siete tomos. A mí se me podría aplicar el chiste de aquel que le preguntan, que novela estaba leyendo, el hombre contestó que una muy bonita, pero que cambiaba muchas veces de tema. Entonces le preguntaron, que novela era, a lo que contestó: Una que dice en la portada “Diccionario”.

Pero los cuentos fantásticos siempre me fascinaron. Recuerdo uno, mal que bien, pero no recuerdo en donde lo leí.

La camisa del hombre feliz:

Hace ya muchos años, vivía en un lejano país un joven rey cuyo reino disfrutaba de campos fértiles, agua y frutos diversos, con una población pacífica y trabajadora. Solo una cosa enturbiaba al reino, el rey no era feliz.

Los nobles, doctores y escribanos, no sabían que hacer, el rey languidecía y su tristeza contagiaba a toda la corte. Se mandaron llamar a los principales magos del reino a consejo general, a fin de dictaminar un remedio a la postración del soberano.

Acudieron de todos lados los mejores magos, quienes después de examinar al monarca, amplias deliberaciones, conjuros y otras artes mágicas, no lograron aliviar el estado real.

Un día se presentó un anciano de barba blanca, con rico ropaje y dijo venir de lejanas tierras de Oriente, afirmando que él tenía el remedio al caso.

Después de los fracasos anteriores, esta era la última esperanza y a ella se agarraron todos como a un clavo ardiendo.

El anciano dijo que el rey recuperaría la alegría en el momento que vistiera la camisa de un hombre feliz.

El Chambelán ordenó despachar emisarios a todos los rincones del reino, para encontrar a un hombre feliz, apropiarse de su camisa y llevarla a palacio.

Durante meses estos enviados recorrieron el país, pero no encontraban a ningún hombre completamente feliz. Siempre había un pero.

Cuando ya la desesperanza hacía estragos en los ánimos de la Corte, se decidió buscar en las montañas inaccesibles, en el lugar más remoto del reino. Hacia allí se encaminaron los emisarios y en esas montañas pronto tuvieron noticia de un leñador que vivía en una cabaña, un lugar aislado, cuya vida era conocida por los lugareños, quienes presumían que él era el hombre feliz.

Los emisarios, acompañados de gentes de armas, a la casa del leñador se dirigieron, llamando a su puerta con gran estruendo. Al poco un hombre fornido y sonriente les abrió la puerta.

En ese momento se abalanzaron sobre él, lo golpearon, tiraron al suelo, arrancaron la pelliza que el pecho le cubría y ¡OH sorpresa!, el hombre feliz no tenía camisa.

3 comentarios:

  1. ¿Qué sucede al 'vestir la camisa' de otro?

    ¿Tú lo sabes? ¡Yo lo sé!

    El problema no es apropiarse indebidamente de la felicidad ajena porque eso es imposible, siempre que a sentimientos nos refiramos; el problema es no tener la propia. Y me refiero a no disponer de perspectivas suficientes ante la vida nuestra que permitan alcanzar un estado emocional, en el cual nuestra 'camisa' sea intransferible, y gozosamente nos traslade a ese estado un tanto utópico, un tanto infrecuente pero tan deseado, denominado 'Felicidad'.


    .

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  2. ¡La felicidad, ese estado que todos aspiramos!.

    Es pretencioso decir que pocos, algunas veces, atisbamos sus entresijos. ¡Si, me temo que si, es pretencioso!.

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  3. Muy interesante tu página, Artabro. Coincido contigo en muchas lecturas y películas. También en la predilección por el cuento del hombre que no tenía camisa. Durante muchos años quise ser feliz, así que no usaba camisa. Yo hacía trampa: llevaba siempre camiseta. Más adelante escribiré sobre esto.

    Un saludo cordial desde la ciudad más descorazonada de América.

    Ricardo.

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