lunes, 9 de agosto de 2004

Gambito de Dama

Primera partida

Tablero de ajedrezDesde que la vi, me di cuenta que ante mi estaba una digna rival.

No me pidáis que lo explique, eso se sabe al primer golpe de vista, el resto no hace más que confirmarlo.

Ya las primeras jugadas, fuera del tablero, me hicieron percibir una mente clara y aguda, bajo la apariencia de un rostro hermoso y mirada escrutadora.

¡Tenía que jugar una partida con ella!.

Concertamos cita, en terreno neutral, para acordar los términos del juego, con jueces, reloj y público. Dos días después era la fecha.

Llegó el día, y después de los saludos de cortesía, sin más dilación, empezamos, naturalmente le cedí las blancas y me preparé para una apertura de libro, pero dejando margen a lo inesperado.

No me defraudó, después de mirar el tablero y otra rápida mirada a mis ojos, en pocos movimientos me encontré con el Gambito de Dama, hábil maniobra que si aceptas, admites el juego que tu contrincante te ofrece y si lo rechazas, es que buscas otro camino.

Nobleza obliga, acepté el Gambito.

Nos enzarzamos en una apertura abierta, fuera ya del manual, al poco los peones, caballos y alfiles amenazaban a los contrarios, las torres casi estaban en posición de ataque, los reyes enrocados, ella en corto yo en largo, y las reinas enseñoreaban el campo de batalla.

Con una sutil maniobra amenazó mi flanco izquierdo, para atacar con audacia mi derecho.

¡Esto es un enemigo!, me dije.

Habíamos entrado en el juego medio, yo, pequeño aprendiz de brujo, con mi obsesión por controlar el centro para lanzar ataques a derecha e izquierda, había descuidado los flancos. Cometí un error de principiante. Me di cuenta, que si algo me quedaba era recurrir a la imaginación y la sorpresa.

Después de un contraataque muy arriesgado, conseguí perder la reina, ella, para no ser menos, elegantemente me ofreció la suya, casi caigo en la trampa. Pero dos jugadas más tarde tuvo que sacrificarla.

Ahora estábamos más igualados.

Tras unos rápidos movimientos de piezas, en los que saqué a relucir lo mejor de mi repertorio de payaso ajedrecístico, ella me siguió con igual o mejor presteza y caímos en un juego psicológico de alcance desconocido.

La derrota no entraba en mis cálculos, yo quería ganar, pero no a cualquier precio. Ella jugaba, a veces con aire ausente y otras reconcentrada, como si tuviera el alma en juego, me estaba desconcertando.

Entonces surgió la chispa, lancé los alfiles y un peón adelantado, y algo temerario, sobre una torre desguarnecida, que si caía dejaba la fortaleza con escasas defensas. Ella replicó rauda y veloz con sus caballos, que con atrevidos movimientos, casi me arrollan.

Después de parar este último ataque y contraataque, entramos en un juego de posiciones estudiándonos mutuamente, intentando adivinar las brechas en la estructura contraria.

¡El respeto era mutuo!. Ninguno quería dar pasos en falso y tampoco teníamos prisa en terminar. Ganar era ya lo menos importante, lo que estaba en juego, era eso mismo, el juego.

Poco a poco, con algunas miradas, algún suspiro, un leve roce y mucha pasión en el aire, aún a mi pesar, cuando ella me ofreció tablas, acepte siempre que me prometiera poder jugar otro día, otra partida.

Dijo que si.

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